 |
La
Habana, Cuba mayo de 2001
Examinar
la pobreza, y más aun la miseria, comporta necesariamente tener
en cuenta tres aspectos fundamentales: 1) el carácter relativo
del concepto, es decir, la existencia de pobreza, y por tanto de pobres,
implica una comparación, pues presupone la existencia de riqueza
y, por tanto de ricos, además de que la relación entre unos
y otros siempre está en dependencia de otros factores, en qué
medida unos son ricos y en cuál otros son pobres; 2) se trata de
un fenómeno históricamente acumulado, no es algo que surja
en la actualidad, es la resultante de siglos de sistemas socioeconómicos
que se sustentan en la desigualdad, aunque coyunturalmente tenga variantes
determinaciones, y 3) la pobreza y la miseria tienen una connotación
básicamente económica, social, medible cuantitativamente,
pero también otra moral, determinable por categorías éticas,
que nos conducen a considerar sobre todo la justicia, las condiciones
a las que una parte de la humanidad está sometida a vivir en buena
medida sin esperanzas inmediatas de cambio.
Tal vez podríamos coincidir con el papa Juan Pablo II cuando en
la audiencia general en la Plaza de San Pedro ante 13 000 personas, el
23 de mayo, se refirió a los pobres, los humildes, a los que identificó
como los oprimidos, los perseguidos a causa de la justicia y los marginados
por los que eligen la violencia, la riqueza, concluyendo: "no son
únicamente una categoría social sino también una
opción espiritual".
La pobreza tiene indicadores referidos, entre otros, a: posibilidades
de alimentación, vestido, vivienda, educación, recreación,
capacidad de reproducción de la familia y de la propia persona,
acceso a agua corriente, a la electricidad y demás comodidades
elementales del mundo actual; pero también vida digna, sin humillaciones.
En este encuentro los participantes contraemos de hecho un serio compromiso.
Seguramente ninguno de nosotros podamos entrar en una calificación
de miserables, pero hemos aceptado la responsabilidad de hablar en nombre
tanto de los miserables como de los pobres, de los que no tienen posibilidades
de expresar sus ideas y expectativas. Pero, si queremos ser consecuentes
con una función transformadora de las ciencias sociales, debemos
no sólo asumir la denuncia, como hace el papa, sino además
y sobre todo encontrar, proponer y participar en procesos que contribuyan
a cambiar desde la base la pobreza estructural en tanto mal principal
del mundo que nos ha tocado vivir.
Pretendo aquí comentar muy brevemente la relación entre
la pobreza y la religión, atendiendo a la asociación que
históricamente se ha producido entre ambas. En América Latina
y el Caribe esta relación tiene una peculiar significación,
por ello me limito a referirme sólo a esta parte del mundo y, con
la intención de examinar más en detalle una modalidad de
tal nexo, abundaré en el caso cubano, en la medida que el espacio
lo permite, específicamente en el incremento religioso verificado
a lo largo de la década de los noventa del pasado siglo en condiciones
sociales de una crisis económica que entre cubanos se conoce por
"período especial".
La pobreza latinoamericana y caribeña en cifras
La
pobreza y miseria que marca a una buena parte del mundo actual es sobradamente
conocida. Quisiera, no obstante, hacer algunas escuetas referencias a
índices en América Latina y el Caribe(2),
región particularmente afectada como lo es el resto del llamado
Tercer Mundo, a modo de ejemplificación.
El crecimiento económico latinoamericano en las dos últimas
décadas ha sido insuficiente, por debajo del considerado por la
Comisión Económica para América Latina de Naciones
Unidas como indispensable. Actualmente la deuda externa de los países
de la región, en conjunto, es de unos 750 000 millones, más
del doble que sólo década y media antes. Pero solamente
entre 1992 y 1999 por servicio de esa deuda se pagó 913 000 millones
de dólares, lo que compromete hoy el 56% de los ingresos de exportaciones
de bienes y servicios de la región.
Hoy
el 44% de la población latinoamericana es pobre -mientras en 1980
era el 39%- es decir, ahora son 224 millones de latinoamericanos, de los
cuales 90 millones son indigentes, están en el extremo último
de la pobreza. La distribución del ingreso, después de la
aplicación por dos décadas de fórmulas neoliberales,
es la más injusta e inequitativa del mundo: el 20% más rico
de la población latinoamericana recibe un ingreso que es diecinueve
veces superior al 20% más pobre.
Los
índices de desempleo es del 9% de la población, por lo que,
en opinión de Franz Hinkelanmert, ser explotado es hoy una especie
de suerte(3). Lo que se agrava
realmente con el hecho de que cada 100 de los considerados empleados,
85 lo están en el llamado sector informal, con muy bajos salarios
y desprovistos de derechos laborales y a la jubilación.
La
mortalidad infantil en el primer año de vida es, como promedio,
de 35 por 1 000 nacidos vivos. El 13% de la población es analfabeta,
sólo uno de cada tres estudiantes alcanza a llegar solamente a
la enseñanza secundaria. La tasa de homicidios que refleja la situación
de pobreza, de extrema violencia en esta región, es de 300 por
un millón de habitantes, que es el doble del promedio mundial.
Para
un análisis objetivo de las reales posibilidades que ofrece un
tratado entre los países del área con Estados Unidos, que
se concreta en los intentos por crear el ALCA (Acuerdo de Libre Comercio
de las Américas) es conveniente examinar los resultados de la experiencia
del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Estados Unidos, Canadá
y México. Para el socio más pobre de ese acuerdo tripartita,
la aplicación de medidas neoliberales con el TLC por medio, ha
significado una reducción de la economía mexicana en más
de la mitad, al tiempo que otros índices importantes también
reportan notables decrecimientos.
Indicadores
se esta naturaleza alertan sobre lo que puede ser el futuro latinoamericano
si los gobiernos aceptan el ingreso al Acuerdo de Libre Comercio de las
Américas y no buscan otras formas de asociación en reales
condiciones de igualdad. Por ello desde Cuba se ha lanzado la propuesta
a los pueblos de grandes marchas en contra de ALCA y a favor de otras
soluciones. Permítanme aquí insistir en ello.
La
relación religión-pobreza
La
religión y, obviamente, sus formas concretas de manifestarse, no
escapan de estos procesos sino que, por el contrario, tienen una incidencia
de variable envergadura en dependencia principalmente de circunstancias
históricas y culturales. Se puede afirmar que es una regularidad
que en circunstancias socialmente críticas, incluyendo las de razones
básicamente económicas, como acontece hoy en América
Latina y el Caribe, según acabamos de ver, la religión tiende
a incrementarse y a hacer más alta su significación social.
Entonces las diferentes formas religiosas también se modifican
y las organizaciones que las sustentan -eclesiales o de otro tipo- reacomodan
tanto sus concepciones sobre la sociedad como su modo de accionar en ella.
La religión tiene una capacidad de intervenir en múltiples
campos, lo mismo en la subjetividad, en la cultura, en la psicología,
como en el terreno de las relaciones sociales, las regulaciones éticas,
la política y hasta la economía. Si bien la modernidad desplazó
en el mundo occidental a la religión del poder político
directo, y formas extremas de racionalismo la redujeron a lo privado,
pronosticando su desaparición sobre la base de valoraciones negativas
que le excluían aportes positivos, las organizaciones religiosas
preservaron una capacidad de influencia social y en las actuales circunstancias
de crisis, no sólo económica, la religión mundialmente
atraviesa por un significativo incremento o reavivamiento.
Las organizaciones religiosas tienen en la pobreza un tema privilegiado.
Por lo general se promueven, aunque sea en la teoría, conductas
de preferencia en oposición a la riqueza. Los textos religiosos
son abundantes en ideas de este tipo, como lo es la Biblia cristiana,
en especial los Evangelios, pero también en relatos mitológicos
y otras leyendas de religiones aborígenes y africanas se recogen
enseñanzas orientadas a modelos de vida que tienden a formas humildes
y contrarias a la dilapidación de los bienes naturales. En estas
religiones, en contra de las opiniones derivadas de concepciones etnocentristas
occidentales, hay valores y normas de conducta.
Pero en la vida social práctica, el pueblo creyente acerca sus
representaciones religiosas a sus propias condiciones, problemas, expectativas,
esperanzas y también sus fiestas. Las historias que se construyen
alrededor de las figuras más devocionadas en nuestros pueblos,
tenidas por milagrosas con oídos para los pobres y secularmente
desprotegidos, nos conducen a afirmar que la condición de popularización
de los mismos está justamente en que reflejen los problemas de
los humildes, bien sea por sufrir persecución, pobreza, enfermedades,
martirio o muerte, por su mulatez o por haberse presentado a pobres o
desvalidos. Pero siempre hay en esas narraciones populares un sentido
optimista, al final todas resultan victoriosas frente a las adversidades.
En
América Latina, por razones históricas y culturales, entre
otras, el catolicismo ha logrado una cierta capacidad hegemónica
-lo que no comporta siempre participación directa en el poder político-
en competencia con religiones de culturas autóctonas y africanas
y más tarde con el protestantismo, este último en crecimiento
al concluir el siglo XX. Pero también ha habido una intelectualidad
emergida en condiciones de lucha política e ideológica,
con rasgos definidamente antidogmáticos, librepensadores, en algunos
anticlericales, cuya influencia ha derivado en cierta promoción
secularizante si bien no necesariamente antirreligiosa.
En
la contemporaneidad latinoamericana y caribeña se advierte un crecimiento
de tendencias igualmente cristianas, o varias paracristianas en el criterio
de algunos, o filosófico religiosas orientales, que han invadido
el campo religioso hasta en conjunto alcanzar predominio en algunos países.
Esto que se ha dado en llamar nuevos movimientos religiosos(4),
presenta diferentes modalidades y en lo propiamente político se
mueve desde la promoción de posturas socialmente evasivas y descomprometedoras
hasta la colocación de figuras de determinadas iglesias en el terreno
de la lucha política. En correspondencia se mueven concepciones
teológicas en extremo dicotómicas y otras que regresan a
la presentación del éxito personal como indicador de respaldo
celestial.
Las
masas populares, por su parte, asumen estas propuestas religiosas interpretándolas
desde su cultura y modos de enfrentar los problemas, revelando también
un cierto agotamiento de formas religiosas tradicionales.
Las instituciones religiosas expresan sus concepciones sobre los problemas
sociales de forma sistematizada. Un ejemplo de ello lo constituye el conjunto
de documentos que integran un cuerpo teórico donde la Iglesia Católica
defiende sus criterios oficiales al respecto. Me refiero a la llamada
Doctrina Social Cristiana. Los textos presentan, respecto a la legitimación
o su contrario, diferentes orientaciones. En cuanto al capitalismo se
asume la legitimación del sistema. La denuncia del neoliberalismo,
y en general del denominado capitalismo salvaje, no busca la desaparición
de las relaciones capitalistas, sino la superación de un modo de
establecerlas, en el supuesto de que sea superable y que hay un modelo
de capitalismo humanista. Sobre estas bases se entiende la necesidad
de la obra caritativa -en la que la Iglesia tiene la excelencia- que tiende
no a la desaparición de las causas que generan diferencias y con
ellas pobreza y otras carencias, entendidas como naturales y por tanto
eternas, sino su atenuación. Al respecto el Estado debe intervenir
con una función de subsidiareidad mediante políticas de
asistencia social y evitando excesos, pero no haciendo desaparecer la
iniciativa privada, lo que se valora como sobrepasar sus atribuciones.
Respecto al socialismo la posición de la Doctrina Social de la
Iglesia es de deslegitimación. Es suficiente recordar que el actual
Papa lo ha declarado explícitamente al afirmar no está en
correspondencia con los postulados doctrinales. La crítica del
Papa Juan Pablo II al capitalismo es formal, respecto al socialismo es
estructural, esencial.
Es conveniente insistir en el carácter histórico, y por
tanto variable, de esta doctrina. Baste citar algunas afirmaciones de
los llamados padres de la iglesia, varios siglos antes de la Rerum Novarum,
para constatar las sustanciales diferencias entre el pensamiento de una
época y otra. Por ejemplo: "no es la casualidad lo que hizo
ricos y pobres sino la rapiña y la acumulación de riquezas"
(Crisóstomo); " la propiedad privada es la fuente de desigualdades"
(Agustín); "la riqueza exige el sufrimiento del pobre"
(Zenón de Verona); "las riquezas provienen de la explotación
de lo ajeno" (Teodoreto de Ciro); "cuando se da una limosna
se devuelve al pobre lo que le pertenece, es por tanto obra de justicia"
(Ambrosio); "no se puede practicar la caridad sin antes haberse practicado
la justicia"(Crisóstomo)(5).
No debe perderse de vista que la Doctrina Social Católica conforma
el pensamiento de la institución, por tanto es sustentada básicamente
por la jerarquía. Pero la Iglesia no es homogénea, en su
interior se pueden producir, y de hecho se producen, las más variadas
y hasta contrarias posiciones. En la práctica se verifican posturas
coincidentes o cercanas al "magisterio", pero también
disidencias y oposiciones, frecuentes en los medios católicos latinoamericanos.
Una de las formas de discrepancia con las posiciones oficiales del Vaticano
más significativa en América Latina en el campo de las ideas
sociales y políticas, lo constituye sin dudas la Teología
de la Liberación. Surgida en circunstancias de auge del movimiento
revolucionario, en medio de las contradicciones sociales que impulsaron
a los obispos reunidos en Medellín, Colombia, en 1968, a examinar
y condenar la dominación económica y las profundas desigualdades
que sumían en la pobreza y la marginación a los más
amplios sectores de la población, esta corriente del pensamiento
cristiano asumió un compromiso político con el pobre y se
pronunció a favor de cambios revolucionarios en la estructura socio
económica y política del continente de evidente carácter
injusto, cuya existencia era concebida como pecado social.
Última
Página
(1)
Ponencia presentada en: Seminário Internacional Polifonia da
miséria, uma construção de novos olhares, Fundación
Joaquim Nabuco, Instituto de Pesquisas Sociales, Recife, Brasil 28 de
mayo-1 de junio de 2001.
(2)
Los datos son tomados de la intervención del Presidente de
la Comisión Económica del Parlamento de Cuba y Director
del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial, Dr. Osvaldo
Martínez, en la Mesa Redonda Informativa del 20 de abril del 2001
(reproducido en impresión ligera).
(3)
Conferencia impartida en el Centro de Estudios Martianos, La Habana, 17
de noviembre de 2000.
(4)
En algunos autores generalizado por sectas, aunque incorrectamente dadas
las imprecisiones en la definición del concepto y porque no en
todas estas formas se advierten procederes sectarios, si bien se producen
fundamentalismos y concepciones estrechas.
(5)
Las citas -no textuales- han sido extraídas de Antoncich, R. y
J. M. Sans (1986): "Ensino social da Igreja", Editora Vozes,
Petrópolis, pp. 32-33 (en Portugués el original, traducido
por el autor).
|