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LA SUBCULTURA DE LA VIOLENCIA EN LAS URBES LATINOAMERICANAS
(1)
por Adalberto Santana
Investigador del Programa Universitario de Difusión de Estudios
Latinoamericanos (PUDEL/UNAM)



Una constante que se ha manifestado en los últimos tiempos como uno de los principales problemas de las grandes urbes latinoamericanas es el de la violencia, fenómeno al que cotidianamente se enfrenta la mayoría de la población, particularmente en los grandes centros urbanos. Parecería que este fuera un mal endémico de fin de siglo de la sociedad urbana latinoamericana. Sin embargo, habría que ponderar que es un fenómeno mundial que se manifiesta de una u otra forma también en los países de un gran desarrollo. A su vez, esa violencia es un tema de la cotidianidad de las diversas noticias que figuran en los medios de información, lo cual hace que en el imaginario social se asocie usualmente las urbes latinoamericanas, con grandes niveles y grados de violencia. Situación que da pie a considerar que en las grandes ciudades latinoamericanas como Sâo Paulo, México, Buenos Aires, Río de Janeiro o Bogotá la subcultura de la violencia sea una forma de la existencia cotidiana.(2)

Habría que considerar que la violencia no se expresa en abstracto, se erige a partir de condiciones muy específicas y en periodos bien determinados. Por ejemplo, como señalan los organismos encargados de mantener la seguridad pública en una ciudad como México (la cuarta más poblada del mundo), el índice de delincuencia es muy alto. Los grados de violencia criminal han llevado a que la policía judicial capitalina informe como un "grato consuelo", que el número de homicidios ha disminuido (pasando de 3.05 asesinatos con violencia en junio a 2.74 en julio y a 1.97 en agosto). En esa lógica de porcentajes, se reporta que mensualmente en 1996 el incremento en el ingreso a los penales es de un tres por ciento.

Fenómeno que hace constatar y preguntarnos por qué se genera esa violencia. En última instancia (y no en primera), podemos reconocer, que se origina por el cúmulo de conflictos que impone el sistema económico-social dominante. Esto es, los diversos actos que conocemos como robos, asaltos, riñas, asesinatos, narcotráfico, secuestros, etc. están manifestándose como la expresión más aguda de toda una serie de actos delictivos (inconscientes), realizados por grupos e individuos pertenecientes a determinados segmentos de la sociedad que ven en el delito la alternativa más rentable para enfrentar la crisis y sus manifestaciones como el desempleo, la miseria, la corrupción y la impunidad. Podemos comprender que esa violencia no busca modificar el sistema económico-social, el cual en última instancia y no en primera es el que fundamentalmente genera esa situación.

En ese sentido partimos del hecho de que la violencia es producto y expresión de una serie de conflictos económico-sociales. Se entiende que son los ritmos de nuestra sociedad, y en particular de la dinámica del libre mercado, los que generan un escenario donde la violencia y la contraviolencia actúan y se reproducen como dos expresiones de nuestro tiempo.

Pero de igual forma podemos indentificar que la violencia es un fenómeno político. La violencia política es radicalmente distinta a la violencia social. Esta última se reconoce por sus grados y niveles de irracionalidad, responde a condiciones y estímulos de un sistema y una sociedad excluyente.

Por el contrario, la violencia política, se manifiesta, en escenarios ideológicos de confrontación. Tales son los enfrentamientos bélicos entre naciones: recordemos la ocupación norteamericana del territorio mexicano en 1847, las luchas insurgentes y contrainsurgentes que ha vivido México o Centroamérica desde 1810 hasta nuestros días. A nivel mundial se han desarrollado como ejemplos recientes en 1996, las agresiones de los Estados Unidos a Irak y la insurreción guerrillera y de cultivadores de hoja coca en Colombia. Hechos históricos que por su grado y nivel de racionalidad política permiten que su radicalización sea desacelerada en la medida en que sus actores pasan de una confrontación directa a una solución de las causas del conflicto, o por los menos de acuerdos de pacificación (negociación entre Moscú y Chechenia o entre el gobierno y la guerrilla de Guatemala). Por el contrario la violencia social, y sobre todo la criminal, al actuar y desarrollarse en la lógica de la irracionalidad, plantea mayores y más graves conflictos al conjunto de individuos pertenecientes a los más diversos grupos y sectores que integran la sociedad.

En este contexto, es decir, en el marco en que se expresa la violencia social, uno de sus expresiones más actuales y que figura con un gran despliege de información es el del fenómeno del narcotráfico. Fenómeno social que ha finales del siglo XX está impactando a diversos sectores en todo el mundo. Sin duda el tráfico ilícito de drogas es un fenómeno globalizado. Ese flagelo parecería una cosa común y corriente de nuestro tiempo. Incluso en las telenovelas (que anteriormente eran color de rosa) hoy aparece ya no como un hecho aislado, sino como una realidad que se liga estrechamente al poder de la impunidad y la corrupción.

Los narcotraficantes muestran su aspiración por valerse de su riqueza para ingresar en determinadas clases sociales a las que tienen vetado el acceso. Los narcos de una u otra forma en su rápida movilidad social desean incorporarse al establishment. Sin embargo, al negárseles la entrada, recurren a la violencia no para destruir ese marco social, sino para chantajear al sistema y mostrar su fuerza y poder y con ello reproducir en las realidades sociales latinoamericanas una subcultura urbana de la violencia.

En algunos estudios sobre el caso, como el realizado hace algunos años por Merril Collett, se menciona que las organizaciones de narcotraficantes "buscan legitimar su estatus de nuevos ricos a través del nacionalismo, y ese nacionalismo impregna sus decisiones de inversión. Tradicionalmente, las élites latinoamericanas colocan sus dólares en bancos extranjeros y compran casa de fin de semana al otro lado del oceáno. Pero los traficantes 'no quieren mudarse al sur de Francia, no hablan francés'. Lo que dominan es el lenguaje del dinero. Los traficantes traen narcodólares e invierten en el país. En Colombia reactivaron la economía nacional".(3)

El poseer grandes riquezas, vivir en la corrupción y la violencia, lleva a los jefes del narcotráfico a ser marginados de su propia clase. En su imaginario (como en los llamados narco-corridos) "quedan como héroes y son presumidos entre ellos", como afirma un representante de esa moda musical, surgida en los años setenta, y que veinte años después ocupa los primeros lugares de ventas disqueras en las principales ciudades de los estados que conforman la franja fronteriza mexicana con EU.(4)

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(1). Ponencia presentada en el Encuentro de Investigadores "Cultura y ciudades contemporáneas" organizado por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), los días 26, 27 y 28 de noviembre de 1996, en la sede de la misma ENAH (México D. F.).

(2). En los inicios de 1997, el Banco Mundial al realizar un análisis sobre la violencia en América Latina señaló que: "La tasa regional de homicidios es de 20 por cada 100 mil habitantes, de manera aproximada, lo que define a América Latina y el Caribe como la región más violenta del mundo", El Nacional, México, D. F., 3 de marzo de 1997, p. 27.

(3). Merrit Collet, "El fantasma de la narco-guerrilla", Nueva Sociedad (Caracas), No. 102 (julio-agosto 1989), p. 126.

(4). Novedades, México D. F., 12 de mayo de 1996, p. E1.

 
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